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Alrededor del Turismo

Ahora que se acerca el día de muertos, podrías tener la tendencia a preguntarte que piensan de Tepoztlán los espíritus que regresan en estos albores del siglo XXI.

 

Hace ya unas décadas, unos antropólogos acudían a este reducto de la montaña a estudiar lo que consideraban los últimos remanentes puros de la vida azteca. En fechas más recientes, han llegado artistas extranjeros, escritores, yuppies de edad mediana, envejecidos hippies e intelectuales de toda clase, aunque en su mayoría limitan sus visitas a los fines de semana. Los espíritus del pasado no tienen que preocuparse. Para el lunes las calles están otra vez limpias de automóviles que llevan placas chilangas y la lengua nahuatl vuelve a ser la predilecta.

 

La diversidad de comedores en la ciudad es grande, y dado que Tepoztlán está tan cerca (unos 90 minutos del Distrito Federal) llegar a tiempo para el desayuno puede ser una buena idea. Esto es cierto en general para una excursión de un solo día. Si bien hay muchos atractivos lugares donde pasar la noche, dormir bien en Tepoztlán puede ser todo un reto. Con sus ocho barrios, parece como si siempre hubiera alguna celebración religiosa en algún lugar, una conmemoración acompañada de cohetes y bandas de latón. Al amanecer empiezan a sonar las campanas de las iglesias.

 

Mi propia peregrinación nació del deseo de rezar en el Santuario de Tepoztécatl. Tepoztécatl era, o es, la deidad que regaló al mundo el pulque. Debo confesar que nunca sentí afición al pulque. Tampoco la sintieron los españoles que pisaron estos suelos hace cerca de cinco siglos. Acabaron destilando el pulque para convertirlo en mezcal y, en Jalisco, en tequila.

Por eso, Tepoztécatl es digno de reverencia.

 

Digno, a pesar que la pirámide de Tepoztécatl obliga a una larga subida trepando por las exuberantes colinas y no hay elevador. La subida no debe necesitar más de una hora o algo así, probablemente menos para los que tengan prisa, pero ¿por qué precipitarse? La rocosa pista puede estar atascada en los fines de semana, y en su tramo final la ruina es ciertamente una ruina. Un fraile dominico se abrió paso por allá en el siglo XVI y puso gran esfuerzo en la destrucción de lo que el consideraba un santuario a satanás. Eso lo descubres después de pagar el boleto de entrada. Una vez en la cima, una familia de mapaches pide algo que comer. La vista al valle es asombrosa.

 

Después de la caminata a la pirámide, ya no queda gran cosa que te invite a la actividad en Tepoztlán. La gente va por esa única razón. Quieren descansar. Tráete un libro que hayas querido leer. O bien vete a sudar tus impurezas en un temazcal; muchos hoteles tienen el suyo. En el interior del antiguo monasterio dominico hay pocas cosas que ver.

 

Para diversión vespertina podría haber un concierto de harpsicordio en la noche del sábado, una lectura de poesía o una ronda de meditación o algo por el estilo. Tepoztlán está a menos de 20 kilómetros de Cuernavaca (a veces se le confunde con Tepotzotlán, situado al norte del Distrito Federal). La atracción de Tepoztlán es mística, y justifica su designación de Pueblo Mágico.